Año 5 No. 1412 Managua, Nicaragua



La paz es posible sólo mediante el perdón y la reconciliación

Miguel Cardenal Obando Bravo

La Iglesia enseña que una verdadera paz es posible sólo mediante el perdón y la reconciliación. No es fácil perdonar a la vista de las consecuencias de la guerra y de los conflictos, porque la violencia, especialmente, cuando llega "hasta los límites de lo humano y de la aflicción", deja siempre como herencia una pesada carga de dolor, que sólo puede aliviarse mediante una reflexión profunda, leal, valiente y común entre los contendientes, capaz de afrontar las dificultades del presente con una actitud purificada por el arrepentimiento.

El peso del pasado, que no se puede olvidar, puede ser aceptado sólo en presencia de un perdón recíprocamente ofrecido y recibido: se trata de un recorrido largo y difícil, pero no imposible.

La Iglesia lucha por la paz con la oración

La oración abre el corazón, no sólo a una profunda relación con Dios, sino también al encuentro con el prójimo inspirado por sentimientos de respeto, confianza, comprensión, estima y amor. La oración infunde valor y sostiene "a los verdaderos amigos de la paz", a los que tratan de promoverla en las diversas circunstancias en que viven.

La oración litúrgica es la cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia y, al mismo tiempo, la fuente de donde mana toda su fuerza; en particular la oración eucarística, fuente y cumbre de toda la vida cristiana.

La paz se afianza solamente con la paz; la paz no separada de los deberes de justicia, sino alimentada por el propio sacrificio, por la clemencia, por la misericordia, por la caridad.

Los seguidores de Cristo, bautizados en su muerte y en su resurrección, deben ser siempre hombres y mujeres de misericordia y perdón.

Pero, ¿qué significa concretamente perdonar?

En realidad, el perdón es ante todo una decisión personal, una opción del corazón que va contra el instinto espontáneo de devolver mal por mal. Dicha opción tiene su punto de referencia en el amor de Dios, que nos acoge a pesar de nuestro pecado. Recordemos la primera palabra que pronunció Cristo desde la cruz: "Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen" (Lc.23, 34).

El ser humano, cuando comete el mal, se da cuenta de su fragilidad y desea que los otros sean indulgentes son el. Por tanto, ¿ por que no tratar a los demás como uno desea ser tratado? Todo ser humano abriga en sí la esperanza de poder reemprender un camino de vida y no quedar para siempre prisionero de sus propios errores y de sus culpas. Sueña con poder levantar de nuevo la mirada hacia el futuro, para descubrir aún una perspectiva de confianza y compromiso.

El perdón es ante todo una iniciativa de cada individuo respecto a sus semejantes. La persona, sin embargo, tiene una dimensión esencialmente social, por lo cual establece una red de relaciones sociales en las que se manifiesta a sí misma: no sólo en el bien sino, por desgracia en el mal. Consecuencia de ello es que el perdón es necesario también en el ámbito social.

Las familias, los grupos, los estados, necesitan abrirse al perdón para remediar las relaciones interrumpidas, para superar situaciones de estéril condena mutua, para vencer la tentación de excluir a los otros, sin concederles posibilidad alguna de apelación. La capacidad de perdón es básica en cualquier proyecto de una sociedad futura más justa y solidaria.

Pero no podrá emprenderse nunca un proceso de paz sino madura en los hombres una actitud de perdón sincero. Sin este perdón las heridas continuarán sangrando, alimentando en las generaciones futuras un hastío sin fin, que es fuente de venganza y causa de nuevas ruinas. El perdón ofrecido y aceptado es premisa indispensable para caminar hacia una paz autentica y estable.

No se puede permanecer prisionero del pasado: es necesario, para cada uno y para los pueblos, una especie de "purificación de la memoria", a fin de que los males del pasado no vuelvan a producirse mas. No se trata de olvidar todo lo que ha sucedido, sino de releerlo con sentimientos nuevos, aprendiendo, precisamente de las experiencias sufridas, que sólo el amor construye, mientras que el odio produce destrucción y ruina. La novedad liberadora del perdón debe sustituir a la insistencia inquietante de la venganza.

La experiencia liberadora del perdón, aunque llena de dificultades, puede ser vivida también por un corazón herido, gracias al poder curativo del amor, que tiene su primer origen en Dios Amor.

El perdón lejos de excluir la búsqueda de la verdad, la exige. El mal hecho debe ser reconocido.

La Historia es la maestra de la vida, pero no para dividir a los hombres, sino para aprender de los errores y no incurrir de nuevo en ellos. La Historia es irreversible. Escribir la historia de un pueblo es desenterrar el conjunto de sus ideas, de sus aspiraciones, de sus virtudes y de sus vicios, todo acto histórico es un suceso de la vida del hombre porque el sujeto de la Historia es el hombre.

La Historia es más que una simple disciplina que estudia el pasado; es el conocimiento de la vida de los hombres, el principio de la sabiduría socrática: el conócete a ti mismo. Nos enseña a conocer y comprender, y debe ayudarnos para realizarnos en lo que debemos ser. No debe concretarse ni limitarse a la simple narración cronológica de los sucesos, ya que el principal objetivo debe ser el aprovechamiento de las importantes lecciones de las experiencias vividas, y sacar de ellas las consecuencias que lógica y naturalmente se desprenden. No basta tan solamente saber que hubo tal o cual acontecimiento, es necesario conocer la causa y la consecuencia para evitar la repetición; si la historia se repite es que no hemos aprendido la lección. Si sabemos de donde venimos, podemos saber donde estamos y a donde nos dirigimos, y juzgar mejor que hacer y cómo hacerlo.

La política es el arte que presupone coordinación de inteligencias hacia un fin común. Puede haber diferencias, pero jamás pugnas irreconciliables, sino conjunciones patrióticas de voluntades. No hay democracia si no se entiende la nación como una misión colectiva y un compromiso de todos.

No puede haber una sociedad floreciente y feliz cuando la mayor parte de muchos de sus miembros son pobres y desdichados. El éxito de los gobernantes esta en percibir las necesidades publicas y saber satisfacerlas.

En las horas de peligro es cuando la patria conoce el quilate de sus hijos. A la República sólo ha de salvarla pensar en grande, sacudirse lo pequeño, dejar vivir una libertad tranquila y proyectar el porvenir.


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