Las lecciones de Obrador y Ortega
Por Joaquín Villalobos
Oxford, Reino Unido
Ambos asumieron la representación de la izquierda en elecciones realizadas el año pasado en México y Nicaragua, y ambos enfrentaron al miedo como ejes de campañas de sus adversarios: Ortega tenía en contra más pasado de miedo que futuro de esperanza; Obrador, por el contrario, tenía más posibilidad de ofrecer esperanza que de generar miedo por su pasado.
En la campaña contra el PRD actuaron sólo los poderes internos de México; contra Ortega actuó Estados Unidos que envió a Nicaragua a Donald Rumsfeld, Collin Powel y hasta Jeb Bush, hermano del presidente. El nicaragüense trabajó levantando puentes y evitando la confrontación y el mexicano hizo su campaña cayendo en las provocaciones y rompiendo puentes. El primero dividió magistralmente a sus adversarios y el segundo ingenuamente los unió. Obrador perdió una elección que tenía ganada y Ortega ganó una elección que tenía perdida.
Daniel Ortega pasó por todas las escuelas revolucionarias: calle, clandestinidad, cárcel, montaña y revolución, pero ganó con un pragmatismo propio del PRI mexicano, que igual surgió de una revolución. Obrador hizo su escuela desde el poder en el PRI, pero perdió con una estrategia emocional propia de luchadores de calle, clandestinidad y montaña. Ortega regresó al poder y Obrador a las calles.
Asumir una posición de izquierda implica vencer el miedo al cambio que tiene cualquier sociedad. Las izquierdas, por ello, casi siempre compiten electoralmente en desventaja financiera, mediática y política. No hay un partido de izquierda que no haya enfrentado el miedo como eje de campaña de sus adversarios. Así fue en Francia, Brasil, España, Uruguay y lo es hasta para los demócratas norteamericanos. Los socialistas chilenos aceptaron ser fuerza de cola en la alianza con los demócratas cristianos, para recuperar el gobierno que les quitó Pinochet.
Para la izquierda la lección es que el debate es sobre la calidad de las estrategias y de las propuestas propias, y no sobre el grado de perversidad de los adversarios. Las emociones siempre deben estar al servicio de la inteligencia y la regla es que cuando se enfrentan electoralmente miedo contra revancha, casi siempre pierde el miedo. Los socialistas chilenos se guardaron sus emociones contra Pinochet y han transformado Chile. Ortega incorporó a los Contras, obtuvo la bendición de la Iglesia y pactó con Arnoldo Alemán, y ahora es presidente.
La izquierda nicaragüense parece haber avanzando de lo emocional a lo inteligente dando prioridad a los votos por sobre la calle y la mexicana pareciera estar haciendo el camino inverso. La izquierda salvadoreña ya conoce el camino que recorrieron los mexicanos y la pregunta es si el ejemplo de Nicaragua provocará reflexiones sobre la importancia de la unidad, las alianzas, la moderación, el realismo y el pragmatismo.
En los últimos 20 años el mundo sufrió profundas transformaciones económicas y políticas. La violencia y la desestabilización, que antes utilizaban tanto las derechas como las izquierdas en sus batallas ideológicas, no conducen ahora a los mismos resultados. Sin detrimento de los derechos legítimos de manifestación y protesta, hay en desarrollo amenazas de una violencia no ideológica a la cual los gobiernos de cualquier signo le pueden perder el control.
La conversión de las FARC de Colombia en narcotraficantes, la amenaza que representan las pandillas brasileñas para el gobierno de Lula, la situación de guerra que ya existe en Honduras, Guatemala y El Salvador y la grave situación en algunos estados de México, demuestran que la violencia es ahora actor con vida propia, a quien no le importa si sus victimas son de derecha o de izquierda, ricos o pobres. Incluso, el futuro de Chávez podría depender de su capacidad o incapacidad para resolver el problema de una violencia criminal creciente, que durante sus gobiernos lleva ya más 70,000 muertos.
Resolver la pobreza en el mundo actual requiere: mantener unida a una sociedad que siempre será plural y enfrentar una violencia criminal que debilita la autoridad del Estado. La derecha salvadoreña ha venido jugando a polarizar para ganar y esa polarización ha conducido a una lógica destructiva. Las sociedades polarizadas son indefensas y se vuelven inviables al regirse por la idea de que: “entre peor estén las cosas es mejor para los políticos”.
Nicaragua se está despolarizando y esto la puede poner rápidamente en ventaja sobre El Salvador que se encamina a una polarización aún más grave. Para reinventar las economías y redistribuir la riqueza en sociedades que son productivamente incompetentes y terriblemente desiguales, se requiere cultura de legalidad en los ciudadanos y de negociación en la clase política. Bajo la amenaza de expansión de la violencia criminal, jugar a la polarización o a la violencia revolucionaria como instrumentos de ventaja o cambio, es suicida y equivale a jugar con pólvora en medio de un gran incendio.
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