Año 8 No. 1773 Martes 06 de Febrero del 2007 Managua, Nicaragua



Las últimas horas de Darío

--- El sufrimiento del poeta nicaragüense

Por Emilio J. Núñez T.

A una cuadra del Parque Central el poeta está en un cuarto bien ventilado, bastante lujoso. Yace en medio de un catre pintado de negro con molduras de bronce, un guardarropa de lunas venecianas, butacas blancas, cofres de viajes cerrados, un chaise long, una mesa de servicio con frascos y medicinas que le recetaban los médicos completan la escena.

Cerca del catre otra mesa con libros, pañuelos, su reloj de bolsillo, los anteojos de oro. Los médicos dicen que tiene cirrosis a consecuencia del abuso del alcohol. El bardo de 49 años, que aparenta 60, está pálido, delgado, su piel se ve transparente, el abdomen abultado, su mirada es de sueño, parpado caído, grueso.

A veces se levanta y reposa en una hamaca de pita de la vieja casona -convertida en museo, gracias al doctor Edgardo Buitrago Buitrago-, su traje es color amarillo, chaleco, pantalón y zapatos, la corbata azul clara. Aún tiene fuerzas para saludar a los amigos que le visitan, se levanta. Así abraza a Francisco Huezo, su hablar es fatigoso, no permite que sus viejos conocidos le traten de usted, pide que lo tutee, “esos tratos de hermano son más grato”.-

Rubén Darío no sabe porque sus dolencias. Cuando llegó a León, a mediados de diciembre de 1915, estaba confundido y dijo no creer en los médicos. En Nueva York le dan malas noticias, un golpe mortal.

Al llegar a León pidió a la familia que no dijeran nada, para evitar comentarios entre los miembros del comité que preparaba su llegada. Pero lo recibieron con aplausos, “las agradezco pero no las resisto”, dijo.

Para entonces, ya estaba sometido a una dieta rigurosa a punta de líquidos. Al llegar a la casa pidió un panecillo de magnesia que comió pausadamente. Huezo le visitó el 17 de diciembre de 1915. Abrió sus adormecidos ojos y le dice que un tal Manuel Maldonado, orador y poeta, se le ha antojado no visitarle. Maldonado es otro amigo entrañable.

Recuerda haberlo sacado de la prisión, a la que fue a dar acusado de conspiración. Hizo la gestión con el Presidente Díaz y ese dijo que estaba muy molesto y que si seguía sulfurándose podría pedir que lo regresaran a la bartolina, esta vez no por conspirar, sino por rebelde.

“Tengo instintos de Barba Azul, conmigo nadie juega, sucede que le tengo algún cariño y me desagrada su conducta”, dijo, mientras en la puerta un canario amarillo oscuro, con collar negro, esponja de momento el buche, encumbra el pico, y comienza a trinar.

Su barba crece, las mejillas se hunden, pero se ven rosadas, está envuelto en una sábana blanca, sus manos hierven por la fiebre alta.

Quiere hablar pero el cansancio le vence. Cada noche es fatal, no hay mejoría, tres médicos certifican lo delicado de su estado. Enrique y Emilio Pallais y Jerónimo Ramírez aconsejan inyectarle emetina.

Su esposa lo mantiene bajo un mosquitero color lila, su temperatura es de 38 grados, sus labios delgados y lengua están de color rojo. Su estómago envuelto en franelas blancas y sobre ellas pijama celeste de seda. Otra noche muy mala, su vientre crece un centímetro más. Alguien llega y le recomienda “cholagogue”. Sin entender que tiene considera que ha sido víctima de las drogas.

José Olivares vela su sueño, que vence primero al acompañante. Su ronquido molesta al bardo que sufre de insomnio. Para silenciarlo le lanza una almohada y le grita ¡Olivares! ¡Olivares! No duerma, acuérdese de mí.

Darío pide que no se lo vuelvan a dejar en la casa. El 21 de diciembre llega de visita el profesor Ramírez Goyena se sienta a la orilla del catre, dentro del mosquitero, esta leyéndolo un capítulo de su Flora Nicaragüense. La fiebre sube a 39 grados. Con frecuencia le atacan nauseas. Su cabello está más canoso, las mejillas flojas y hundidas, un círculo de calvicie, sigue teniendo trabajo para poder hablar, “me siento fatal, fatal”, dice mientras siente agrio el paladar y los gases ácidos que lo desesperan.

Piensa que su amigo y médico Luis H. Debayle debe atenderle, pero afirma: “Le tengo horror instintivo a su ciencia y sobre todo a sus aparatos teatrales. La mayoría son farsantes”.

Su estómago está cargado de agua. Pide que solamente Debayle le atienda y haga lo que crea conveniente, pero que nadie más intervenga. Luego de meditar un tiempo dice que las cosas que le suceden son consecuencias naturales del alcohol y sus abusos y de los placeres sin medida.

“He sido atormentado, un amargado de las horas. He conocido todos los alcoholes, los de la India, Europa, americanos, y los rudos y ásperos de Nicaragua. Yo he corrido mucho, mejor dicho me han dejado correr y no he fundado un hogar”.

Mañana: Sus últimas horas de vida.


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