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Año 9 No. 2065 Lunes 28 de Abril del 2008



Muñecas y bombas

  • La historia de una niña esclava de las FARC

Publicado por Vanity Fair de Italia
Traducción libre de Erika Ramírez, periodista nicaragüense

El nombre no es real, pero la historia lo es. Marta tenía 11 años cuando fue vendida a las FARC de Colombia y transformada en una de tantas pequeñas esclavas de la guerrilla. Pequeña amante de un comandante y custodia de Ingrid Betancourt, ahora es fugitiva y testigo protegida. La encontramos: esta es su historia conmovedora ilustrada por Álvaro Ybarra Zavala, fotógrafo español.

Marta es bonita y lo sabe. Arturo la sigue por el patio, la agarra por detrás e intenta quitarle el celular. Un salto ágil y risas cierran el juego. Se sientan en una grada y mandan un mensaje. Una pausa entre la escuela y el almuerzo, juegos de una joven de 16 años. Se conocen desde hace tres semanas, ella es la última en llegar al grupo. Sean buenos muchachos, Marta debe ambientarse, lo advierte la doctora. No es necesario: en este centro de asistencia están todos en el mismo barco. Regresando a la vida, quien 16 años y quien 12 años. En plena adolescencia sin haber sido un niño.

Por cinco años, Marta vivió en la oscuridad de la montaña, “en el monte”, la llaman así, reclutada, combatiente y esclava de las FARC colombiana… ideales de justicia y socialismo, hoy criminalidad y narcotráfico.

Marta no se llama así. Tiene un nombre verdadero y uno de guerra, ambos muy bellos. Por su seguridad lo debemos omitir, como otros nombres en esta historia, como el lugar donde la hospedan, en un programa de Protección del Estado Colombiano. Basta con saber que es lejos de donde creció, lejana de un hijo de pocos meses y del lugar donde finalmente logró la libertad.

Se necesita paciencia en Colombia, un país en guerra. Después de muchos intentos llegó el visto bueno para el encuentro: nada de fotos, cambia los nombres y sé cariñoso con los niños. “Hablan mucho, demasiado, narrando el infierno como si nada, te parecen fuertes y con coraje”, advierte la psicóloga. Pero son frágiles y en peligro. Marta tiene crisis de pánico y a veces no come por días.

Los niños de la guerra son miles, la peor plaga de Colombia. Eran y son pequeños guerrilleros, paramilitares, narcotraficantes. Sirven en todas las guerras, porque son fáciles de reclutar, indefensos, fieles y además eficientes. Niños o niñas, sin ninguna diferencia. Marta es un caso entre tantos, y detrás de su metro 60 y su sonrisa desarmante esconde un concentrado de horrores. Batallas, muertes, soledad, violencia de mente y cuerpo. Es un secreto peligroso: fue por años la esclava-niña de un alto comandante de las FARC, entre los más buscados. El pasatiempo nocturno de una bestia. Meses atrás escapó, sólo ella, en una noche que se imaginaba desde hace tiempo, mientras hacía la guarda en el campamento de la selva. Como guía del grupo, sabía en qué sitio se encontraba, sabía que el ejército era a una hora de camino y cómo desenterrar las minas que ella misma aprendió a construir “mezclando la pólvora con la mierda, así las heridas de los enemigos que saltan en el aire se infectan”. Finalmente libre durante 4 meses, a Marta la cambian de una base a otra del ejército. “He tomado un montón de helicópteros y aviones, la selva desde lo alto es otra cosa”. La guerrilla la buscó por un tiempo. Ha visto y sabe demasiadas cosas. Algunos soldados y policías la tratan bien, otros son peores que los guerrilleros. “Puta, vení acá que te la hago pagar”.

Su niñez

Estaba preparada, Marta creció con rapidez, fue esposa, madre y combatiente a la edad en la cual otras niñas apenas están dejando las muñecas.“Y antes de entrar a la guerrilla era peor”, dice.

Nació en un pueblo de la Amazonia, de 4 casas, de inmediato es abandonada por sus padres. “Me crió un abuelo, que me odiaba. Era convencido que no era hija de mi padre. Cuando tenía 8 años, por venganza, le dio, desde luego, dinero a un tipo para que me violara”. “Cuando tenía 11 años, mi abuelo me llevó a un campamento de las FARC, ahí me dejó. Donde vivía era todo guerrilla, sin policía o ejército, imposible rebelarse. Ah, el abuelo está ahora en la cárcel, por fortuna”.

“Al inicio me enseñaron un poco de enfermería, pequeños trabajos. Después me convertí en explosivista, quiere decir pasar a construir las minas. Lo hacen siempre los niños, porque ya son tantos los grandes que saltaron en aire”. Después vino el adiestramiento y el uso del fusil. El primer combate “duro poco, por fortuna: me moría de miedo”.

Después de 6 meses, con 12 años cumplidos, la vida le cambió, Marta es bajita, no es oscura ni india: y el poder desde esta parte ha sido siempre racista. “El comandante tenía 45 años, me lleva con él”. “Si, me escogió entre las otras: ¿qué cosa quiere saber?”. No es fácil distinguir entre la violencia y la persuasión. “Todas las muchachas quieren estar con los jefes, porque se vive mejor, los otros hombres te respetan. Desde ese momento se evitan las labores duras y los combates. Me ocupaba de los heridos, organizaba el rancho”. Para el resto, la vida siempre igual, como los otros compañeros: despertarse a las 4 de la madrugada, ejercicios, enseñanza ideológica, los aviones del ejército pasaban como flechas invisibles sobre los árboles, a veces ametrallando.

Con Ingrid

El comandante Pablo -llamémoslo así- hacía carrera. Le confiaban frentes cada vez más importantes, y después los secuestros. Marta seguía atravesando la Colombia de sur a norte y de regreso.

Nunca más de dos semanas en el mismo campamento, montar y desmontar cada vez.” Sí, conocí a Ingrid Betancourt, estuvo con nosotros tres meses en el 2005, tiene un cabello bellísimo...”Lástima”. ¿Rabia? Cómo se hace para tener una persona prisionera por años? “No la trataban mal”, responde segura.Y no quiere hablar más.

Días atrás, recuerda la responsable del centro, los jóvenes lloraron cuando supieron de la muerte de Raúl Reyes, el número 2 de las FARC, muerto por un bombardeo aéreo. Algunos iniciaron a orar. “Ninguno añora el pasado, pero es difícil romper los lazos que se crean en la edad más crítica de un ser humano”. Marta dice que pensó escapar desde el primer día. También recuerda que en el campamento dejó las fotos con uniforme y fusil “ bellísima, me veía bien, pecado que las perdí”. Ha visto de cerca la muerte y otras cosas peores: compañeros de lucha muertos (asesinados) por castigo y ejecutados por sus propios amigos, para meter aprueba la fidelidad al grupo y aterrorizarlos. Yo no, nunca me lo pidieron. Ya dijo por qué.

Marta habla fría, de Pablo. “Te lo dije ya como sucedió, ¿no? “Debo repetirlo. Teniendo 10 ó 15 años, la edad no cambia nada: si un jefe te quiere y no te consigue, inicia el verdadero infierno, los trabajos más duros. Y el final llega más rápido, porque a la hora del combate sos la primera en fila, carne de cañón en un buen mercado.

El embarazo

El tiempo pasa, la montaña es interminable. Las caminatas masacrantes. “ La más terrible, 45 días de caminata en la Sierra Nevada. No teníamos nada, comí hierbas, serpientes, ranas: son buenas. Hacía mucho frío”. ¿Las enfermedades? “Como todos, la malaria al menos cinco veces. Y después, la piel que se marchita por la humedad: teníamos casi siempre vestidos y botas mojadas.

En un momento decisivo. “Un año atrás estaba embarazada. Como era Pablo el jefe, no me lo quitaron”. Marta vio tantos “ consejos de guerra” y tribunales internos de la guerrilla: procesos sumarios, jovencitas que las agarraban a patadas en la panza para hacerlas abortar o fusiladas porque violaron la regla: nunca sexo con más de un compañero. Pero Marta no era una rata, como llaman a las guerrilleras que no cuentan nada, “porque no están con los comandantes”.

“Pablo quería un hijo, no tenía”. Se salvaron así, ella y el pequeño. El parto en la montaña, todo bien, considerando las condiciones. “Después cuando el niño cumplió dos meses, me lo quitaron, se lo llevaron lejos, donde vive mi madre. Lloré por semanas y es cuando inicié a estudiar la mejor ocasión para desertar. Si me hubieran capturado, pensé, que Pablo hubiera impedido mi fusilamiento. Soy la madre de su hijo. Decidí correr el riesgo”.

Los guerrilleros están abandonando las FARC, son cientos en estos momentos. Todos narran la guerra. Pero Marta es viva, ha visto mucho, era vecina al poder y sobre todo sabe una de más terrible acusaciones: el reclutamiento forzado de los niños y la violencia carnal, aunque ella no la llama así. “No, no tengo miedo de Pablo, estoy segura que ama al niño y pienso que puede ir a buscarlo, cuando sea de esa parte del país. En vez ella tendrá que esperar. Mientras, regresó a la escuela, junto a niño de la edad de cuando su vida se partió, quiere aprender el manicure. Muestra las uñas de las manos, color rosado con una flor blanca en medio.

“Mirá que buen trabajo. Sí, me pinto también en el monte las uñas, pero no tenía todos estos colores”.

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