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| Año 9 No. 1999 Jueves 17 de Enero del 2008 | |||||||||||||
Mucha pena y poca gloria Por Filossa Luppa Paul Trivelli ha anunciado que se marcha. Termina el período del procónsul. Gobernó con Bolaños, batalló con Alemán y sucumbió con Ortega. Pasó dos años tratando de enseñar a bailar a un ratón y de vender su espectáculo al electorado nicaragüense. Fracasó estrepitosamente en el intento. Usó la visa de entrada a Estados Unidos como arma de presión política y chantaje. No le sirvió de nada. Durante dos largos años maulló, ladró y pataleó contra Arnoldo y a favor de Eduardo, el banquerito de voz atiplada y pañales perfumados. No logró nada. Al final lo vimos sonriéndole a Daniel, entornando los ojos y ruborizándose ante la Primera Dama, y chiquearse al entrar y salir a las oficinas del FSLN, cuyas cuatro letras había pasado maldiciendo durante dos largos años. Trivelli concluye su primer cargo como embajador. Le tomó décadas alcanzar ese cargo, y sus jefes lo mandaron a Nicaragua porque las embajadas en África estaban muy solicitadas por los políticos allegados al Presidente Bush. Pero su nombramiento fue simbólico de la decadencia diplomática de su país, cuyo mayor desastre está a la vista en Irak. En 1990, con el triunfo de la UNO, el gobierno americano del papá del presidente actual nombró embajador a Harry Shlaudeman un hombre de brillante trayectoria diplomática. Luego lo reemplazó con John Francis Maisto, una de las estrellas más prometedoras del Departamento de Estado. Entonces comenzó la decadencia. Vino primero un cubanito de finos modales, Lino Gutiérrez. Luego mandaron a un chicano con cara de charro, Oliver Garza, que veía en cada nicaragüense a un narcotraficante. Allí se hizo evidente que Nicaragua no era una prioridad para Washington, y que podían asignar Managua a cualquier aprendiz. Siguió la decadencia con la promoción a embajadora de una bárbara dama que había trabajado con la DEA en Colombia. Pero la tapa de los peroles fue Pablito, el de la mirada extraviada, la boca espumosa y el ojo fatal. Le dieron una misión sencilla: liquide a Arnoldo, bloquee a Daniel y ponga en la presidencia de ese paisito a Eduardo Montealegre. Aquí la hice, debe haber pensado el pobre novicio. Ojalá que el novel diplomático haya aprendido algunas lecciones de su infructuosa estadía en Nicaragua. Tal vez ahora sepa distinguir entre líderes de verdad y líderes de plástico. Tal vez su ojo perdido en el espacio haya aprendido a enfocarse mejor para distinguir con claridad las preferencias democráticas de la gente. Pablito: cuando te manden al África y te pidan que pongás a alguien en la presidencia, fijate bien en el candidato. Asegurate que tenga las manos limpias. Que no tenga Cenis en los bolsillos. Que sea un candidato de principios, de palabra, leal a sus amigos, a sus seguidores y a su pueblo. Otra cosa, Pablito: asegurate de que tenga voz viril y no de señorita. Tal vez en tu país, como imperio decadente, acepten que dos hombres contraigan matrimonio. Pero mirá, en estos países primitivos del tercer mundo, la gente prefiere hombres de carácter, que hayan forjado su liderazgo sudándose con su pueblo y comiendo chancho con yuca en hoja de chagüite. A los líderes unisex fabricados en anuncios de televisión, maquillados con Clinique, la gente los rechaza y los desprecia. Y peor todavía si andan debajo de las faldas de la embajada. Y por último, si te mandan al Asia, acordate que no solamente en China comen ratón. Ya ves, aquí en Nicaragua también comemos ratón. Antes de tu partida vas a ver qué sabroso banquete el que nos vamos a dar con tu ratoncito del alma. Sorry, Pablito. Sorry and by bye. |
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