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| Año 9 No. 2005 Viernes 25 de Enero del 2008 | |||||||||||||
La muerte de Rubén Por Emilio J. Núñez T.
El 15 de diciembre por la noche llegó a León. La cirrosis hepática lo tenía en grave estado. Tiene 49 años pero parece de 60 años, pálido, delgado, exhausto. Los médicos dicen que es exceso de alcohol, tine el abdomen abultado, sus párpados lucen caídos y gruesos. Está comenzado la agonía. Algunas veces se levantaba de la cama, se recostaba en el “chaise long” para reposar o en la hamaca de fina pita, esa vez se vistió de amarillo, chaleco, pantalón y zapatos, la corbata azul claro. La gente notó que su hablar era pesado, arrastraba la lengua. Darío no suo cuál fue su malestar, en el estómago o en el hígado, no les tenía confianza a los médicos, jamás confió en ellos. La Navidad de 1915 El 25 de diciembre se puso los anteojos, leyó los periódicos nacionales, libros escritos en francés, inglés, italiano y español, sabía algo de alemán, griego y latín. Escuchó los repiques de campanas, cohetes, estallidos de bombas, gritos y música, hasta que concilió el sueño, el abdomen le había crecido un centímetro más. Está ansioso por hacer el testamento. El gobierno de Adolfo Díaz Recino le debía nueve mil dólares, quería arreglar la situación con los editores de sus obras literarias y el diairo La Nación de Buenos Aires, Argentina, tenía años de no escribirles nada, pese a que había colaborado con ese diario durante 20 años. El les pidió la jubilación. El 6 de enero Criticó a los diarios nacionales porque no decían la verdad como el Evangelio. Expresó extrañas ideas, raras teorías acerca del porvenir de Nicaragua, hablaba nerviosamente y pasaba rápidamente de un asunto a otro. Aludiendo a los amigos agrega: La amistad humana sólo se prueba de dos modos, o por medio del dinero o por medio de la sangre. En la calle, se escuchaban gritos de los muchachos jugando haciendo ruido que penetraron a través de las ventanas, muy impaciente se levantó del lecho y exclama: ¡Oh Herodes¡ ¡Oh Herodes! El 18 de enero Cumple 49 años. Los diarios en Managua escriben que la enfermedad de Darío no declina. El doctor Escolástico Lara llama al cuñado de Rubén, Andrés Murillo, pero éste no se encuentra, entonces se comunica con la suegra del poeta doña Mercedes y le dice que la salud es gravísima, le pide a Andrés que llegue de inmediato. La comunicación entre el doctor Lara y doña Mercedes fue por teléfono de magneto, cuando comunicarse de un departamento a otro tomaba mucho tiempo. 2 de febrero La fiebre es alta. Ha pasado por una operación y permanece en estado de sopor. Habla poco y se alimenta con líquidos, la afección hemorroidal ha recrudecido, vomita sangre muy negra. Delira en ciertos momentos y tiene visiones de personas muertas. De pronto abre los ojos y pide a su esposa Rosario que “ese viejo que acaba de salir no vuelva a entrar al cuarto”. Su esposa no entiende y le dice que no ha visto a nadie y Darío le dice: “Ese viejo calvo y airado de ojos brillantes que se ha sentado a la orilla de mi cama, me daña con sus gestos”. De pronto mejoró, los delirios desaparecieron, los médicos Luis H. Debayle y Escolástico Lara proponen hacer otra intervención quirúrgica, creen que el hígado tiene pús, se reúnen con los galenos Juan Bautista Sacasa y José Godoy. El poeta no acepta. Les dice que su enfermedad es a consecuencia de la colitis y no el hígado. Efectúan la operación, pero no hay pús. La agonía Recibe los auxilios de la iglesia católica y prepara su testamento. Lo autoriza el doctor Antonio Medrano, estaban presentes el doctor Luis H. Debayle, padre de Margarita Debayle a quien el bardo le escribió el poema “A Margarita”, el poeta Santiago Argüello y Francisco Castro. El doctor David Arguello, alcalde de León es nombrado albacea, sus bienes son una casa en León y sus obras literarias, el heredero es Rubén Darío Sánchez, hijo de una española, barcelonesa, Francisca Sánchez, otras obras quedaron en poder de Rosario Murillo. A las 9 de la noche del 6 de febrero el alma escapó de su pecho, se escuchó un estertor persistente y seco. En una silleta a orilla del catre estaba Rosario llorando y rezando, luego tomó una esponja blanca y humedeció los labios secos de Darío. El sacerdote Félix Pereira prestó los auxilio espirituales. Tras un breve estremecimiento, el poeta exhaló el último aliento de su vida. Tenía 42 horas de inconciencia, tiempo oficial de su agonía, murió silenciosamente como los pajaritos en su nido. |
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