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| Año 9 No. 2012 Martes 5 de Febrero del 2008 | |||||||||||||
Puede que sí, puede que no, lo más probable es ¿quién sabe? Por Hamlett Hammlet, el atormentado príncipe danés que inspira esta columna de opinión, pronunció una de los pensamientos más famosos de la literatura mundial. Esta frase, “ser o no ser, esa es la pregunta” la recordé hace unos días al escuchar unas declaraciones de Eduardo Montealegre y de la jefe de la cada vez más disminuida bancada ALN, María Eugenia Sequeira, al poner ambos en tela de duda la candidatura de Montealegre para la alcaldía de Managua. En el caso de Montealegre, dijo en repetidas entrevistas que seguía valorando la posibilidad de lanzarse para la alcaldía y que no confirmaría “oficialmente” su candidatura hasta dentro de un par de semanas. Sequeira, quien apareció en una tensa entrevista televisada junta a su Némesis, Jamileth Bonilla, el viernes pasado afirmó que Eduardo todavía estaba pensando la contienda edilicia mientras la diputada Bonilla criticaba a Montealegre por no someterse al proceso de primarias para escoger el mejor candidato dentro del ALN para alcalde de Managua. Qué raro, reflexioné. A comienzos de enero, cuando se dio la tan ansiada reunión para firmar el acuerdo (porque no se le puede llamar pacto, ¿verdad?) de la unidad entre las fuerzas de la oposición en el Holiday Inn, se leyó un documento que estipulaba en su penúltimo párrafo que el candidato de “consenso” para alcalde de Managua era Eduardo Montealegre. Según mis fuentes que participaron en la redacción de esa declaración, este parrafito fue introducido a insistencia del propio Eduardo que buscaba seguridad que él sería el ungido para edil de la plaza mayor del país. En otras palabras, Montealegre insistía en que se le entregara la nominación en bandeja de plata sin tener que pelearla en una primaria a como lo propone Bonilla y a como se está haciendo en los Estados Unidos. Al menos, pensé, Eduardo es consistente. Al igual que en el caso de Managua, el ex banquero rechazó participar en primarias para escoger el candidato a la presidencia para los liberales en 2006. ¿Recuerdan? Y al rehusar participar en elecciones primarias en 2006, provocó la división fatídica que, a su vez, selló la derrota liberal y aseguró la victoria en primera vuelta de Ortega. ¿Por qué la indecisión? Pero bien, dejando la cuestión de las primarias de un lado, ¿a qué se debe la renuencia de Eduardo a decidirse por buscar la silla edilicia capitalina? Ya logró el respaldo liberal por “consenso. ¿Por qué tanta vacilación? ¿Qué más quiere? ¿Será que también está buscando la bendición de Daniel de que no le pondrá un candidato con más carisma o conocimiento de las necesidades de los barrios de Managua? ¿Temerá que en un debate con el candidato sandinista, éste último conocerá mejor las necesidades de la capital y sus muchos barrios populares y que demostrará que Montealegre realmente no está cualificado para resolver problemas que simplemente desconoce? ¿Le preocupará que su contrincante de la izquierda se comprometa a gobernar Managua por cuatro años, a como lo hizo Jamileth en su comparecencia con María Eugenia, y que rete Montealegre a asumir el mismo compromiso con los managuas cuando es requete conocido que Eduardo ve la alcaldía como una plataforma para una segunda campaña presidencial en el 2011 dejando a los managuas “colgados de la brocha.” Analizando con unos amigos, surgieron otras explicaciones para la indecisión de Montealegre. Algunos especulan que la política ya tiene aburrido a Eduardo quien nunca se imaginó que el juego político sería tan largo, tan difícil, tan espinoso, tan complicado. Según estos, Eduardo cree que ya ha invertido demasiado tiempo y dinero (¿propio o ajeno?) en la política y le cuesta convencerse que el premio amerita un sacrificio adicional personal y para su familia. Esta explicación es consistente con algo que en su momento afirmó el Dr. Arturo Cruz, actual embajador de Nicaragua en Washington: que Eduardo es un político de afición y no de vocación. ¿Por qué no se siente seguro? Por válida que pudiera ser esta tesis, otros me alegaron que Eduardo tiene otra preocupación. Teme abandonar su curul en la Asamblea Nacional que, por cierto, no ha sabido explotar políticamente, porque sin ese escaño perdería su inmunidad y quedaría desnudo ante las múltiples acusaciones que se están vertiendo en su contra por el sonado caso de los Cenis y de sus secuelas, incluyendo las subastas a precio de guate mojado de los bienes que le quedaron a dos bancos y a las extrañas renegociaciones de los Cenis. Esta explicación también hace sentido, pero entre más lo pienso, más me convenzo que la vacilación de Montealegre estriba en su excesiva prudencia, en su indecisión nata. Eduardo es de los que no se lanza a algo sin tenerlo seguro. No cien por ciento seguro sino que 140 por ciento seguro. Esta cautela se ha acentuado aún más después de su fracaso de 2006 que no sólo convenció a sus allegados que no dio la talla, sino que lo tiene a él mismo dudando de si. El problema es que Eduardo no se ha dado cuenta que ese nivel de seguridad no se da en la política criolla, ni en la política de cualquier otro país. Sino, puede preguntárselo a Vargas Llosa en el Peru, que según las encuestas tenía asegurada la presidencia en el Perú pero que perdió contra un académico desconocido de descendencia japonesa. O puede preguntárselo a Rudi Giuliani, ex alcalde de Nueva York, que se convirtió en todo un héroe nacional después del ataque a las torres gemelas pero cuya campaña presidencial no llegó ni a primera base. A jugársela Para ser un político exitoso, un verdadero líder, uno tiene que aventarse, jugársela, exponerse. Tiene que aguantar el ácido y disfrutar de los golpes y contragolpes que se dan en la arena política. Me gustaría pensar que estoy equivocádo y que las dudas que Eduardo tiene se disiparán en un futuro próximo y que “la beberá en lugar de derramarla.” Pero la verdad es que Montealegre puede sufrir del síndrome de indecisión terminal. Puede ser que Eduardo sea uno de aquellos que sea congénitamente indeciso y que pretenda tenernos siempre en ascuas diciéndonos, en las palabras inmortales de ese gran filósofo y humorista azteca, Mario Moreno (mejor conocido como Cantinflas), “puede que sí, puede que no, lo más probable es ¿quién sabe?” |
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