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Año 9 No. 2038 Miércoles 12 de Marzo del 2008



El Diablo en la Iglesia

Por Filossa Luppa

Todos aprendimos desde la infancia que el Diablo anda rondando en todas partes. Como león rugiente, dice la Biblia. El Diablo entra y sale por las casas, tentando a marido y mujer. Por las oficinas, tentando a los jefes y a las subordinadas. Por los hospitales, tentando a los médicos y a las enfermeras. Pero no crean que estoy pensando en las tentaciones de la carne. No. El Diablo entra a los hospitales y tienta a los pacientes. Entra a las cárceles y tienta a los carceleros y a los presos. Entra a los bancos y tienta a los gerentes y a los cajeros, y allá van los pobres cajeros que ven pasar billete tras billete hasta que sucumben a la tentación para que luego, a la hora del arqueo, los atrape el auditor.

Por supuesto, el Diablo también entra en las iglesias para tentar a curas y monjas, a pastores y a feligresas. Pero repito, no entra solamente para regalar las tentaciones de la carne. A veces son las tentaciones del dinero, porque en arca abierta el justo peca y allá va el pobre sacristán y de ver pasar monedas y billetes a veces cae en la tentación de meterse en la bolsa un billetito, y así camina hasta que un día el párroco los sorprende y los despide.

El Diablo también entra a los ministerios, siempre con el propósito de tentar a los poderosos. Dice la Biblia que es el Señor de los gobiernos, y por eso cuando el Diablo tentó al Señor después de los cuarenta días de ayuno, le ofreció poner bajo sus pies a todos los gobiernos de la tierra.

Dicen que las tentaciones del poder son muy grandes. Lo primero que hace el Diablo con los poderosos es cegarlos para que no puedan distinguir entre lo que se puede y lo que no se puede. Después les va cayendo poco a poco con los pecados capitales. La soberbia es la que hace que los poderosos caminen empinados y atropellen a cualquiera en su camino. La avaricia es la que les abre el apetito por meter la mano en las arcas del gobierno. La pereza los hace dejar de pensar con detenimiento y los empuja a tomar decisiones apresuradas o a delegar en gente incompetente. La lujuria es la que hace que se sientan jóvenes, bellos, robustos y atractivos, porque el Diablo también tienta a muchas mujeres con los afrodisíacos del poder. Por eso hay mujeres que están dispuestas a confundir la gordura con la musculatura, y la ancianidad con la juventud, si se trata de alguien con poder.

El otro día fui a la iglesia y sentí un poderoso olor a azufre, que me hizo recordar que el Diablo entra a los recintos sagrados aunque se esté celebrando misa. Miré alrededor para ver si lo lograba identificar. Y de pronto vi a Enrique Bolaños, más encorvado y enjuto que nunca, apagado y triste, sin aquel brillo de inteligente con el que te quedaba viendo cuando era presidente, medio solo y apartado, con una de esas lepras que les dan a los políticos cuando caen para siempre. Entonces me acordé de los siete pecados capitales. La gula que le abrió el apetito por banquetearse al Partido Liberal. La soberbia que lo convirtió en traidor. La avaricia que lo hizo meter la mano en todas las gavetas, hasta con los equipos del Canal 6 y en unos depósitos que nunca fueron devueltos al Estado. La lujuria que lo hizo delirar por el Oriente. Pensé que ese anciano decrépito había caído en todas las tentaciones del Diablo.

Pero volví a sentir el tufo a azufre y entonces descubrí lo que descubrió Chávez en el estrado de Naciones Unidas. Allá en Nueva York Hugo dijo que era Bush. Yo me dije: este tufo a azufre es Bolaños. Allí estaba ante mí el Diablo en la iglesia. Me persigné y me fui caminando rápidamente a la pila de agua bendita, para protegerme de la presencia de Satanás.

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