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Año 9 No. 2078 Viernes 16 de Mayo del 2008



¡En 30 segundos, sólo Hiroshima y Managua!

Un ensayo del juicio final

Por Horacio Ruiz
Ex director de La Noticia

Crónica del periodista Horacio Ruiz sobre el terremoto del 23 de diciembre de 1972, publicado el primero de marzo de 1973 en el diario La Prensa.

No hubo un ángel que le avisara a nadie.

Aquella madrugada del 23 de diciembre de 1972, la capital de Nicaragua era una ciudad moderna, común y corriente, con un balance, pudiéramos decir, normal, de vicios y virtudes.

Si bien es cierto que muchos de sus habitantes bailaban continuamente alrededor de los becerros de oro, también es cierto que predominaba en esas horas el afán de celebrar una vez más la llegada del Mesías.

Si bien es cierto que los incensarios al poderoso atosigaban como todos los días, a los mismos que los balanceaban, y que las cajas registradoras habían tintineado furiosamente todo el día, la piedad navideña y el antiguo sentimiento de hermandad habían predominado también en las últimas horas de la ciudad condenada.

No tenía por qué haber en el ambiente la inminencia del fuego del cielo.

Y, sin embargo, media hora después de la medianoche, el soplo pestilente de todo lo malo que hay sobre la Tierra azotó a los habitantes de Managua, y los dejó temblorosos, a la espera del Juicio. Por lo menos una estatua de sal había caído.

Por horas y horas, después de la sacudida, los habitantes de Managua bien podían, sin que se les tildara de locos, haber aguzado el oído a la espera de la trompeta. Si realmente habrá algún Día del Juicio, este fue el ensayo final.

En esa madrugada y los días que siguieron, todos y cada uno de los 400,000 habitantes de Managua saborearon la muerte con plenitud. Millares no volvieron a levantarse. Los que sobrevivieron vivirán siempre con la sensación de que algo propio, algo vivo de cada quien, también fue sepultado con la ciudad.

Millares vieron los techos doblarse sobre sus cabezas: las paredes explotar, las torres doblegarse, y sintieron el polvo exprimiéndoles las gargantas. O un peso sobrehumano invitándolos a rendirse para siempre. Algunos, lejos del centro del cataclismo, se lanzaron de los lechos en una actitud, más o menos rutinaria, de quien se dispone a capear un temblor más, sólo que extraordinariamente fuerte.

En las horas que siguieron, todos en la cómoda habitación o en la choza marginada, iban a pasar por las experiencias milenarias de Pompeya y Acahualinca, juntas.

Horas después de aquel sacudimiento brutal, los habitantes de Managua iban a vivir la experiencia más angustiosa que un ser humano pueda experimentar. La ruina, el fuego, las tinieblas, la sed, el hambre, el saqueo y el caos habían puesto sitio a la ciudad.

Imposible será a las generaciones futuras imaginar lo que vivimos los habitantes de Managua el 23 de diciembre de 1972. En la guerra la destrucción llega cuando todos han huido o se han refugiado. Es una desgracia prevista. En un huracán, los primeros vientos soplan advirtiendo, con relativa suavidad. En los grandes incendios se puede huir. En un terremoto como el del 23 de diciembre de 1972, todos sus 400 mil habitantes fueron repentinamente lanzados a un foso de angustia total. Al miedo del momento se sumaba el miedo del futuro. En segundos todo se había convertido en nada.

En todos los rumbos de la ciudad, el que había escapado corría hacia la calle sobre la tierra ondulante. Allí esperaba asolado que terminara aquel baile mortal con la naturaleza. El gran temblor tuvo su formidable clímax y se extendió por segundos interminables en una agitación febril: en un vaivén intenso y sostenido, hacerse difuso con el vuelo de las grandes nubes de humo. Por todas partes, la gente que había sido sorprendida en el centro por la conmoción, o se unía a los grupos que trataban de liberar a la gente atrapada, o emprendían el camino a sus casas, al trote, a la carrera.

Muchos hombres suplicaban, llorando, a los que trataban de avanzar en sus vehículos, que los adelantaran un poco hasta sus casas.

Hacia el cielo de Managua subía una terrible sinfonía de gritos, gemidos y llamados de auxilio que podía oírse fácilmente por todas partes. Al crujido formidable del desplome de millares de estructuras, siguió ese gemido humano gigantesco que llenaba todo el aire y era transportado, en un sonido terrible, hacia todas partes.

Los nombres de las primeras personas muertas conocidas empezaron a surgir. Se sabía que había perecido fulano o zutano. Lo habían visto sepultado entre los escombros. Poco a poco fueron surgiendo más nombres. Una madre lloraba la muerte de su hijo tierno, pero nadie parecía interesado en consolarla.

En las primeras horas, la idea de personas muertas pareció limitada, porque la información sobre los miles de víctimas circulaba lentamente. Dos horas después del gran temblor, un nombre u otro nombre; la mención de esta o aquella persona que había perecido vino perdiendo, poco a poco, relevancia.

La idea de la muerte se acomodó en las mentes de los habitantes de Managua y el fallecimiento de alguien vino a sólo un detalle de un gigantesco cuadro, una cifra unida a la gran mortandad.

Muchas personas trataron de avanzar hacia el centro de la ciudad y regresaron al no poder encontrar paso. Unos a otros se informaron que la destrucción y la mortandad habían sido enormes, pero la imagen total, completa, de lo que había pasado, todavía seguía siendo limitada para todos.

Unos contaban que tal sector había sido arrasado. Otros decían lo mismo de otras zonas de la ciudad. Pero iba a ser hasta el amanecer que todos los habitantes de Managua pudieran darse cuenta de la magnitud del desastre que estaban viviendo.

A eso de las dos de la mañana, el segundo gran temblor se abatió sobre la ciudad. Fue una remecida intensísima, que obligó a millares de personas a abrazarse unas a otras; a aferrarse a árboles y postes para no caer. Las hojas de los árboles sonaban en lo alto sacudidas con furia.

Fue el momento en que comenzó la vida al aire libre. Millares de sobrevivientes sacaron camas portátiles, colchones y sillas de toda clase para pasar una larga temporada en las aceras y calles.

Como a las tres de la mañana, los primeros resplandores del fuego iluminaron el cielo de Managua. Fue un amanecer tétrico, adelantado por la tragedia.

La Luna había empezado a opacarse, y la inmensa llamarada fue aumentando y aumentando. Algún tiempo después de haber aparecido en el cielo de Managua, el fuego dio la impresión de que avanzaría sobre toda la ciudad y consumiría sus escombros.

Los capitalinos se sentían cada vez más acorralados por la terrible serie de sucesos que se habían desencadenado. En medio de esta situación, que iba en un aumento terrible de tragedia, el fuego, a pesar de que amenazaba con exterminar todo, pareció ya ser cosa secundaria para los capitalinos. La destrucción sufrida era de por sí suficiente desgracia. Haber escapado a la muerte permitía soportar mejor la amenaza de las llamas.

Entonces circularon las noticias de que el gigantesco incendio no podía ser apagado, ni se podía intentar apagarlo siquiera porque todo el equipo de los Bomberos estaba aplastado.

Poco a poco, los habitantes de Managua fueron sumando, mentalmente, su desgracia: no se podía circular; no había agua; los alimentos estaban escasos; en medio de la oscuridad de la noche, los primeros hampones en busca de cosas fáciles que robar, empezaban a aparecer; los teléfonos estaban muertos; todos los servicios de electricidad, luz, refrigeración, habían desaparecido.

En horas, el habitante de Managua se sintió transportado de la comodidad de su cama, poco antes, a una situación infernal. Se sentía la situación de un espantoso aislamiento, no sólo con el país, sino con el mundo entero.

Millares de nicaragüenses hubieran sentido un regocijo inmenso de oír una voz fortalecedora y que les diera ánimos a través de sus radios de transmisores. La banda era recorrida incesantemente de un lado a otro en busca de una voz amiga, pero sin resultados.

Nunca un núcleo de población tan aterrorizado se había sentido tan solo.

Por todas partes, cuando casi iba a amanecer y los incendios parecían ser una sola hoguera de toda Managua, los cadáveres de personas que pudieron ser localizadas e identificadas empezaron a llegar a las casas de los familiares más cercanos o de los únicos familiares que tenían un lugar de realizar una vela.

En las cuadras donde las casas habían quedado más o menos aceptables, poco a poco se fueron recibiendo cadáveres para un tributo rápido. La magnitud de la mortandad, vino haciéndose más clara. Los capitalinos, sin embargo, no estaban sino entrando en aquel túnel de horrores.

Poco antes de que saliera el Sol, el número de heridos había sobrepasado la capacidad que tenían los patios del Hospital El Retiro y seguían amontonándose.

Se había agotado el plasma; se había agotado la sangre; las farmacias de los hospitales se habían destruido y no se podía entrar a ellas en busca de medicinas. Todas las farmacias de Managua habían sido destruidas, también.

De pronto, todos los caminos se cerraban a la población de 400 mil habitantes. El agua empezó a escasear y la gente se aferraba a pequeños recipientes en que había quedado un poco.

Una nueva escasez surgió al llegar la luz de la mañana: no había ataúdes.

Difícilmente puede recibirse, en medio de una desgracia natural, una noticia tan impresionante: ¡no hay en qué enterrar a la gente!

A las seis de la mañana del 23, los niños comenzaron a circular de nuevo. Era una agitación febril de ir y venir. Se iba a un lugar en busca de personas conocidas, familiares, amigos, para ver cómo habían salido del desastre.

La frase “¡Se acabó Managua!” comenzó a decirse en todas partes con profunda emoción, resentimiento, cólera y un espantoso sentimiento de que no había nada que hacer.

En dirección al Hospital El Retiro, sobre la avenida que lleva directamente a él, todas las casas, a ambos lados de la calle, se habían convertido en una formidable masa de tejas, reglas, barro y ladrillos.

Había secciones enteras que los temblores convirtieron en montones de material pobre de construcción. Muchas personas, simplemente estaban sentadas en aquellos montones de tierra y piedras, con la cabeza hundida en el pecho y el pelo cubierto de polvo, como que hubieran envejecido de la noche a la mañana.

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